lunes, 29 de junio de 2009

Magaly Solier

Todo cambió después del éxito de La teta asustada. De pronto, Magaly Solier se ha visto en la situación de no poder salir a la calle sin que la detengan para un autógrafo y las semanas y los meses han transcurrido con felices sobresaltos cotidianos, y una escena que se repite: Solier contestando el móvil y enterándose de una oferta, un nuevo viaje trasatlántico, un contrato inverosímil.
La actriz más popular del Perú tiene un instinto por golpear primero cuando se siente amenazada. En un mundo de hombres que golpean a sus mujeres, Magaly Solier practica kung fu, disfruta matando animales de corral y colecciona cicatrices de golpes en los puños y en la frente.
Magaly Solier en su habitad natural

El escritor y periodista Juan Manuel Robles pasó tres meses tras la Solier, se trasladó hasta su chacra en Huanta, y el resultado de dicho trabajo se ha convertido en el plato fuerte de uno de los últimos números de Etiqueta Negra. Aquí algunos extractos de esa inolvidable experiencia:
"Ahora duerme. En breve entrará a la casa de su hermana, que la espera para almorzar con Vladimir, el hermano menor. Nos acercamos. Solier despierta, se estira, abre las manos (adentro estaba su billetera), guarda la caja del chicle en el bolsillo. Está llegando tarde: últimamente, siempre llega tarde. Almorzará presurosamente, mimará a su sobrino de diez meses, beberá un vino y cuando menos lo piense el celular sonará otra vez: la esperan para el ensayo de la presentación en un exclusivo hotel que ella tiene que dar esta noche. Solier llegará cuando el ensayo ya haya acabado (sus músicos harán gestos). Cantará. Se equivocará cuatro veces y volverá casa molida. Llegará a la conclusión de que odia las presentaciones privadas. Dentro de tres días, dará su primer concierto masivo en un amplio parque del centro de Lima. A estas alturas, cientos de entradas ya se vendieron".
"La actriz peruana de cine más fotografiada en el mundo es una mujer que se hizo adulta en el campo, trabajando la tierra, segando maíz y recolectando frutos y hierbas junto a sus padres y hermanos. Magaly Solier nació en Huanta, una pequeña provincia de Ayacucho, a dos mil quinientos sesenta metros sobre el nivel del mar y a unos quinientos cincuenta kilómetros de Lima. Ayacucho forma parte de la sierra central del Perú, esa zona caracterizada por tener un cielo azul, sombras oscuras y largas, hermosas iglesias, textilería soberbia, folclor alegre y melancólico, buen maíz, cerros gigantescos y la milenaria presencia del hambre. En el Perú, la diferencia de calidad de vida entre la sierra y la costa –donde se halla la capital– es un abismo equiparable a la distancia que hay entre sus relieves geográficos. Según cifras oficiales, Ayacucho es la tercera región (de veinticinco) más desfavorecida del país, con niveles de pobreza que afectan a más de dos tercios de la población local. A inicios de la década de 1980, este lugar del mapa vio nacer al movimiento terrorista Sendero Luminoso –y la consecuente guerra interna–. Según la Comisión de la Verdad, la provincia de Huanta fue la que más muertes y desapariciones registró entre 1981 y 1998 (más de dos mil personas, entre degollados, decapitados, incinerados). Al menos seis de cada diez pobladores huantinos fueron desplazados de su tierra por el terror. Familias enteras dejaron sus casas vacías buscando paz".
"Una de esas familias fue la de los esposos Gregorio Solier y Gregoria Romero.
La madre de Gregoria Romero fue asesinada por negarse a ceder sus productos agrícolas a una camarada de Sendero Luminoso. La camarada insistió, pero ella siguió negándose. La degollaron y dejaron su cuerpo en la entrada de su propia chacra. Tenía las manos atadas con una sábana. A pesar de que le advirtieron explícitamente que no lo hiciera, doña Gregoria Romero decidió dar a su madre cristiana sepultura. En esos años, la valentía tenía un precio alto: la sentencia de muerte. Se vio obligada a viajar a Satipo, en la selva. Ya tenía cinco hijos".
"Dos años después, el miércoles 11 de junio de 1986, nació Magaly Solier Romero. Por la noche, hubo una luna creciente apenas visible, flaquísima, con la forma de segadera de maíz –una hoz de chacra–. Para entonces, sus padres ya habían regresado al pueblo natal. Lo peor del fuego abierto había pasado. Sin embargo, quedaban todavía muchos años por convivir con el miedo. La guerra.
Quedaban muchos años por convivir con el miedo en Huanta. Doña Gregoria Romero cargó en su espalda la leña y en su pecho a Magaly Solier. La colocaba allí para que pudiera lactar con facilidad. Romero avanzaba por el borde de la carretera con su hermano menor, además de trece vacas y cuatro burros. De pronto, uno de los burros desapareció. Ya era de noche. El burro llevaba herramientas valiosas, así que el hermano menor fue a buscarlo. Dobló una curva hacia arriba. Desapareció un instante. Minutos más tarde, el burro regresó solo pero el hermano seguía sin asomarse. Cuando llegó, estaba pálido y le dijo a Gregoria:
–Vienen".
"Caminaron. La señora Romero vio asomarse por el camino un bulto negro que no se distinguía en medio de la noche. Cuando se acercó más, había dos cuerpos, un hombre y una mujer degollados. Magaly Solier rompió a llorar. Romero no pudo calmarla. Los animales se alborotaron. Vio a lo lejos el humo que salía de un vehículo en llamas. Eran ellos.
Le dijo a su hermano que corrieran y corrieron. Corrió con sus trece vacas, sus cuatro burros, su leña, su hija menor en el pecho. Corrió con todas sus fuerzas porque sabía que, dados los acontecimientos, desde abajo del camino ya se encontrarían los militares para hacerse cargo de la situación. Su hermano menor se cansó y ella le gritó que siguiera, que no parase. «Ahurita vienen los militares y nos llevan. Se llevan nuestras vacas», dijo".
"Bertha Solier es ocho años mayor que Magaly y por eso recuerda más cosas. Como cuando un tipo con un poncho y un fusil largo llegó a casa y preguntó: «¿Dónde está tu papá?». Gregorio Solier era Teniente del Comité de Riego, esa clase de organizaciones que Sendero Luminoso se propuso aniquilar de la faz de la serranía. Bertha dijo «no sé» y se metió y avisó a todos. Su padre huyó por detrás. Bertha cuenta todo eso mientras está parada en la puerta de su casa. Luego señala el cerro y muestra la parcela en la que tuvieron que vivir cuando el Ejército así lo decidió. De seis de la tarde a ocho de la mañana, nadie en todo el pueblo podía permanecer en su casa. Tenían que ir todos juntos allá arriba. Pasaban lista".
"Más de una vez, Magaly Solier ha sido acusada de odiar a los hombres. «Me parece una andrófoba lista para el psiquiatra», escribió el director de un tabloide de derecha en su muy leída columna editorial. Las palabras son exageradas y ofensivas, pero hay algo de cierto en el asunto. En los conciertos nocturnos que dio durante dos meses en Miraflores, siempre pedía al público dos cosas: un aplauso para las mujeres y un aplauso para los hombres que saben valorar a las mujeres. En el universo interior de Magaly Solier, el hombre siempre está bajo sospecha. Es un ser proclive a los vicios, a la ociosidad, al abuso físico, al alcoholismo destemplado. Un mañoso en potencia, que simula ser un tipo decente mientras mira jovencitas por el rabillo del ojo. Ella dice que creció viendo hombres que golpeaban a sus mujeres y abusaban de sus hijas. Lo veía todos los días. La violencia era el destino inexorable de aquello que comenzaba como un sonso coqueteo, un coqueteo que consistía en tirar piedritas desde lejos. Solier nunca confió en ellos".
"A los catorce años, entró a clases de kung fu con un profesor que había llegado a la ciudad. Ya había aprendido artes marciales gracias a un amigo que ensayaba técnicas muy cerca de donde ella lavaba ropa, en la pubertad, a pocos minutos de la chacra de su familia. Para practicar en casa, cortó un pantalón jean y confeccionó un saco de arena (su madre casi la mata). Lo colgó del árbol de la chirimoya y se puso a golpear. El kung fu dio resultados sorprendentes. Magaly aprendió ciertas llaves necesarias para defender ese templo sagrado que era su cuerpo. Hasta ahora le sirve, confiesa. Aún adolescente, un profesor de su colegio quiso acercarse más de lo debido en una fiesta con exceso de cervezas. Ella le dio una cachetada. El profesor la acorraló y le pidió que le diera otra más. Ella lo hizo. El pidió otra más y Solier le dio una rodillazo entre las piernas. Fue suficiente. Más grande, cuando grababa Madeinusa en la ciudad de Huaraz, un chico le tocó el trasero a la actriz mientras se cambiaba de pantalón. Fue un error grave. Solier sintió la dirección de la mano por el viento (su oído es un radar ultrasónico modelo 2045) y adivinó exactamente el lugar por donde el infeliz quería escaparse. Le agarró el brazo. Si Magaly Solier te agarra el brazo cuando intentas agredirla, ya no hay escapatoria. Lo que vendrá será feo".
"Ella se pone un poco más seria, dice que no es su culpa: es sólo la reacción de su cuerpo. Cuando empezó sus clases de canto en Lima, su profesor cometió la imprudencia de colocarle la mano en el hombro, cerca del cuello. Solier, sin mirar, cogió la mano y torció los dedos (técnica para paralizar). El profesor nunca volvió a hablarle a más de dos metros de distancia. Peor suerte tuvo una amiga suya con la que quedó para encontrarse cuando llevaba poco tiempo viviendo en Lima. En buena parte del mundo urbano, existe la costumbre adolescente de tapar los ojos con las manos, para que el sorprendido adivine de quién se trata. La amiga de Solier hizo eso. La actriz la tomó de los brazos, flexionó las rodillas («una pierna atrás y una adelante, para dar soporte») y la tiró al piso. La amiga terminó fracturada. Lloró".
"Magaly Solier es una mujer exitosa a punto de alzar el vuelo mayor. Pero también es una serrana que vive en una sociedad que discrimina a quienes tienen fresco, en la piel y la voz, el estigma de la vida en los Andes. Marginados durante centurias por la metrópoli que fundó por la fuerza la colonia española, los habitantes de distintos pueblos de la sierra tuvieron que aprender a adaptarse a Lima recién en el siglo XX. Generalmente, los que llegaban hacían el sacrificio inicial: perder sus costumbres y vestidos y parte de su relación con la tierra para hacer vida en la ciudad. Recién la segunda generación podía aspirar al progreso siendo un habitante local, un limeño: chicos y chicas que se vestían ya como seres urbanos y estudiaban en los colegios, en las universidades metropolitanas. El primer requisito para este periplo era perder el idioma de origen, el quechua."
"En Miraflores y Barranco, los barrios económicamente más importantes de Lima, el quechua llega a un sorprendente siete por ciento. Parece una incidencia importante, pero la estadística es cruel y engañosa. Ese porcentaje se debe a la altísima cantidad de empleadas domésticas que allí trabajan, cama adentro, para las familias acomodadas. El quechua es eso, el idioma de la servidumbre. Cuando Magaly Solier llegó por primera vez a Lima a vivir con su tía limeña, a los diez años, sus primas la hicieron trabajar de empleada. «Querían que les lave sus calzones», dice. Huyó corriendo. Después de Madeinusa, Solier se instaló nuevamente en la capital y postuló a la universidad Católica –la institución educativa privada más importante del país– para estudiar artes escénicas. El día del examen, llegó temprano. Llevaba puesta una sudadera y tenía un lápiz en el bolsillo. En eso, una de las chicas que también postulaba la vio y le preguntó: «¿Ya podemos pasar?». Solier, que entonces tenía menos de veinte años, respondió. «No sé, yo también voy a dar el examen». Acababan de confundirla con el personal de limpieza.
–Las brutas no ingresaron –se ríe Magaly ahora. Ella sí logró ingresar."
"Solier sabe que su imagen va en ascenso y que pronto tendrá que vivir el destino inexorable de la diva: todo el mundo querrá un pedazo suyo. Y a veces, no sabe cómo manejar la situación. La desconfianza la abruma. Discute largamente sin saber qué está bien y qué está mal, dejando únicamente al olfato la respuesta de quién se aprovecha de ella y quién quiere ayudarla. Solier tiene mucha fuerza, una rabia acumulada capaz de mover cerros, pero no siempre sabe donde está el enemigo. Entonces discute y vocifera y quiere que la respeten y que «nadie se aproveche de mí». Pero toda la fuerza de sus músculos no puede hacerle cosquillas a un mundo que siempre ha sido injusto, por naturaleza. Su abuela frunció el ceño y vinieron a matarla. Su madre alzó la voz y tuvo que irse corriendo a vivir con miedo (las culebras de día y el recuerdo de Sendero, de noche). ¿Adónde la llevará el coraje a ella? Y entonces Solier se apaga y tiene miedo y se siente sola y sube al techo para mirar el cielo nocturno de Huanta: la nítida constelación de Escorpio con su cola hecha de blanquísimas estrellas. Alguien llamó a todo eso vía láctea. Será la leche del dolor".
"Quizá hay algo incompatible en todo esto y ella lo nota. Segar maíz en la chacra y volar a los escenarios del mundo. Degollar cuyes y grabar un nuevo disco en Europa. La hoz de metal y el oso de oro. Bertha, su hermana, le ha dicho a mamá Gregoria que venda la chacra y vaya a vivir a Lima. Magaly Solier se niega rabiosamente. Se aferra a la tierra con vehemencia. Luego de la pachamanca –los cuyes ya están cocinándose–, pasará dos semanas trabajando en la chacra, sudando y tensando los músculos. Su madre le ha dicho que una actriz no debería malograrse las manos. A ella le importa un pepino. En unos días, le comprará a doña Gregoria un cerdo y una vaca nueva. La vaca le costará cuatrocientos dólares. A veces pienso que para Magaly todo esto es una especie de retorno imposible. Un psicoanálisis vivencial".

No hay comentarios: